Estrella del karaoke

guardiola

 

En cada karaoke hay un par de magníficos cantantes que se esconden entre el público borracho. Rémoras de la pasión. Piojos del micrófono. Yo estaba sentado, bebía sin ganas y esperaba mi oportunidad para abordar Suspicious Minds de Elvis Presley como un cuchillo de pan aborda los pulgares. De esa forma sinuosa, dolorosa, escandalosa e inesperada. La vida pasaba viscosamente en aquel karaoke madrileño al que había obligado a ir a mis amigos porque necesitaba cantar.

Mi turno no llegaba nunca porque ellos, los buenos cantantes, acaparaban el micrófono. Un sucedáneo de Alejandro Sanz gordo y calvo bordaba la melodía de Amiga mía y las chicas de las mesas coreaban brazos en alto rememorando una juventud de bragas empapadas, de recortes de la Nueva Vale. Esa otra vida en la que fuimos turistas. Zapatillas del mercadillo, gargantillas, pulseras hiladas de plástico. Las estanterías para discos en el Carrefour. Los 40 principales. Recopilatorios Boom.

Tengo miedo a beber porque cuando bebo dejo de ser yo. Podría no beber pero, si no bebo, nunca pasa nada. Y la vida es que pasen cosas todo el rato. Guardiola es uno de esos calvos que cantan bien en mitad de un circo de gente pasada. Un tipo que huele mejor que el resto, que habla mejor que el resto, que coge el micrófono y descuelga los versos en la raya pentagrámica adecuada. Después estamos los demás, un montón de gente que dejamos de ser jóvenes hace demasiado tiempo. Tatuajes reverdecidos, ropa del Springfield, barbas poco pobladas. Elvis murió tres años antes de que yo naciera. Guardiola nació seis años antes de que Elvis muriera. El universo tiene forma de donut. Es infinito porque es circular. Hay un agujero en el centro, lleno de monstruos negros y peguntosos. Donde el mundo acaba empieza el mundo, como en un karaoke, ceniza de los tiempos, principio y final de la humanidad, música y lamentos líquidos. Los dinosaurios dieron su vida por nosotros, y aquí estamos amontonados en esta sala que huele a orilla de río, a deseos no satisfechos, a sillones de tapicería crepuscular y herida. Amenazados por una oscuridad voraz, por las fauces que son los años echados uno a uno sobre nuestras espaldas. Eres humano, morirás, tu cuerpo será vencido por una gravedad irrenunciable.

Guardiola cantando bien cuando el resto hemos venido aquí a refugiarnos en el baño, a abrazar a las borrachas, a blindar nuestra memoria. Concupiscencia es una palabra demasiado elegante para resumir nuestras miradas desorbitadas, la saliva hirviendo bajo la lengua, la inyección de sangre bajo los vaqueros. Karaoke, el abismo. Di adiós a tus sueños, di adiós a tu grandeza. Eres este señor que increpa a otro señor porque llevas mucho tiempo esperando tu canción. Una melodía que apenas trazas, como un niño operado de ojo vago que intenta dibujar y sólo pintarrajea el papel, trazos irreductibles de colores oscuros, deshilachados, agusanados y tristes. Esa canción que se escapa por el infectado conducto del aire en este Karaoke que han abierto junto a un Parking en el centro de Madrid. Madrid, tirita provinciana y cruel. Ciudad mandíbula de fracasos grandes. Eres ese señor con camiseta exigida y cordones desabrochados que habla gangosamente mientras el alcohol trepa por la dignidad como un acróbata a punto de saltar al vacío.

Quiero aprender a ser liviano, difuso, que mi existencia transcurra silenciosa como una pelusa arrastrando su universo minúsculo por el pasillo. Invisible, esperada. Quiero que Guardiola deje de entonar su canción, que se abone a la intrascendencia, que venga a mi lado, me abrace como al amigo que nunca tuve, me lleve al hotel, me meta en la cama. Me diga: «ya pasó. Ya pasó. Estoy aquí». Y me coja la mano y alivie esta pesada carga que es vivir en mitad de ninguna parte, con un pie en la eternidad y otro en la impotencia.

«Pep —le diría—. Pep. Nunca conocí a un hombre como tú. Qué voz. ¿Recuerdas aquella noche en París? Celebrábamos algo. No recuerdo qué. En aquella época siempre brindábamos. Recuerdo mi cuerpo y me parece un sueño. Mírame ahora. Estoy viejo, Pep. Mírame. No niegues con la cabeza. Siempre has sido sincero conmigo. No sé cuánto me queda de vida pero quiero que sepas que recuerdo aquellos días en París, cuando nos sumergíamos en la noche como dos roedores hambrientos. No era una huida, recuerda, era una búsqueda. Recitabas a Cortázar y yo arrancaba las páginas de un libro de Celan. Amapola y memoria. Mírame. Qué queda de ese hombre en mí. Nada. Y está bien así. No le guardo rencor a la vida. Es esto lo que andábamos buscando. Un camino nuevo. Hacer cosas diferentes a lo que hacen las personas. Cuánto odiamos a los otros. Rompiste una botella de vino contra la pared y la mancha dibujó un corazón ensangrentado. Pep. Jamás fui tan feliz como lo fui contigo. El universo nos guiñaba en su espectral abismo. Mírame, ahora. Tú sin embargo estás igual. Aunque TE SIGUEN PONIENDO CACHONDO LOS CLUBES CON MUCHO DINERO y cantar en los karaokes. Yo una noche pedí Suspicious Minds, pero no me la pusieron nunca. Aquel hotel de ventanas de madera. La cucaracha amenazante en la cortina. Quiero volver a esa habitación. Quiero pasar mis dedos viejos por el papel pintado de la pared. Cerrar la puerta del baño, sentarme en la orilla de la bañera y llorar. Llorar por lo que fui y por lo que ya nunca será. Llorar por ti y por mí. Llorar por un nosotros que es como una madeja de anzuelos. Llorar por lo que perdimos esa noche. Llorar como si todas las lágrimas del mundo fueran mi único patrimonio, y ese baño amarillo mi única patria. Y ese llanto mi única palabra. Una palabra acuosa y fría. Irremplazable. Turbia. Pep, ¿por qué no pones ya a Touré nunca?».

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