Pelo en los pezones

Tenía pelo en los pezones. Era hermosa, hablaba con un acento líquido, extraño, precioso. Llevaba una blusa blanca que le desnudaba los hombros. Una cadena de plata muy fina con una S que penduleaba entre sus tetas. Cuñas de madera que remarcaban su altura, endurecían sus gemelos, la hacían aún más inasible. Tenía dulzura en los gestos, tenía una vampírica sonrisa, tenía las mejillas encendidas como el dedo de E.T., tenía las clavículas como dos columpios y una ensortijada melena en torno a sus areolas. Una melena inesperada. Visible aun en la sombría estancia. Un laberinto oscuro en la cima de sus tetas. Una corona de laurel ennegrecido.

Yo tenía veinte años y la certeza de que mi vida era un reboot de Al Salir de Clase en el que era el indiscutible protagonista. Siempre me he tomado la vida como si mi infancia hubiera estado marcada por el éxito. Uno de esos niños cantantes con voz aflautada y películas hechas a la medida de su talento que después crecen y se drogan y alcoholizan. Arruinados. Sin hablarse con sus padres. Pasando la vida en un bar de karaoke, incrustado en un sofá que huele a vidas pasadas, a sudor de terciopelo, a genital mustio. Equivocarse con disciplina. Llegar puntual a la derrota. Envejecer es terrible pero envejecer habiendo sido una estrella infantil debe ser desolador.

El sexo es eso que pasa cuando ya no pueden pasar otras cosas. Parece la cima pero es sólo el pie de una montaña intratable. El amor no necesita guirnaldas, pero el sexo está lleno de adornos innecesarios. De rituales fúnebres. De sacralización. De literatura apretada como un edredón que no cabe en la caja de plástico donde pasará el verano. En el altillo del deseo. En los armarios de nuestro ridículo. El sexo como una comunicación profunda. Con lo bonito y sencillo que es follar. Follar como se folla debajo de una higuera. Con esa tosquedad de cera contra el papel. Con esa firmeza que tiene la sangre.

Geles de placer ocupando tu cajón de las bragas. Un calvo en tu cama. La noche descolgándose por la ventana con la gravedad de un telón de circo. El mismo olor a carretera y cajas cerradas. La nube de polvo que se eleva y desaparece tras el manotazo. Un pase de Iván de la Peña que rompe las líneas enemigas. Uno de esos haces de luz que se cuelan por la persiana cuando nos descubre la mañana. La cama es un nenúfar y vosotros los insectos a la deriva, sobre la mansa corriente, en el verde temblor del sueño. El sexo con su cadencioso estruendo. Descubrí la vida amamantando la teta desconocida. En la sorpresa de los cuerpos, sus pliegues, recovecos, lunares y aristas. Muy arriba. Más arriba del sueño. Y no queda ya nada de aquello. Ni la curiosidad. Ni la tentación disfrazada de no sé qué búsqueda íntima. Recuerdo ese pezón y su tocado de pelo. De esa chica cuyo nombre empezaba por S. Se lo conté a mis amigos. Quise saber si era habitual. Si a ellos ya les había pasado. Pero me miraron extrañados, como si ese pezón melenudo fuera una perturbadora ocurrencia. Un chiste incómodo. “¿Pero pelo así como este?”, dijo Luis levantándose la camiseta. “Más”, contesté, ceremonioso y perplejo.

Con Iván de la Peña descubrí que las historias no siempre salen bien. Que la expectativa a veces es una guillotina. Estuvo bien pero no fue la hostia. Eso en la vida se aprende ya tarde, que de todo lo planeado solo sale bien lo que menos nos apetecía. Que vas haciéndote mayor y las resacas duran días y te encuentras demasiado borracho en un bar rodeado de gente que no tiene tu edad y para los que eres invisible. Y las mujeres en su hermosa impertinencia te atraviesan como el frío al abrir la ventana en invierno. A través del pecho como un fantasma de nieve. Pasa la Champions, pasan los Mundiales, y la vida es un gol en el último minuto del Tronquito Magdaleno. Un desmarque de Lardín. Una manopla salvadora de Carlos Fenoy. No hay oropel sino grasa en el mono de trabajo. Makukulizar la vida. Apuntad eso, coaches. ¡HAY QUE MAKUKULIZAR LA VIDA! Tanta zona de confort ni hostias.

Me siento viejo pero a veces bailo. No sois vosotros, soy yo. En mi maratón íntimo. La única certeza en la vida es que siempre hay un gilipollas. Hagas lo que hagas, vayas donde vayas, con mayor o menor entusiasmo, con prisa o calmado, pronto o tarde. Estés donde estés, ya sea bebiendo en el Automático, coronando el Everest, en las gradas del Arcángel, en la cola del Mercadona, en mitad de una batucada (quizá aquí con más motivo), gravitando en una nave soviética en torno al planeta Tierra, en una reunión de vecinos, sobre el césped en los cuartos de final de la Europa League, en la sala de espera de un ambulatorio, en una cumbre internacional latinoamericana, en un avión que se precipita hacia el océano, en un parque mientras tu hijo se tira del tobogán, en una playa a punto de ser devorada por una ola gigante; en cualquiera de estos sitios, sin excepción, ineludiblemente, aparecerá un gilipollas. Y a veces, para los otros, tú serás ese gilipollas. Y la fatalidad se encarnará. Y contigo, el escozor existencial, la roncha universal. El cosmos es como un picor que no se calma. Constelaciones que se propagan sobre nuestra piel, que huyen de nuestras uñas. No hay más vida que la que desaparece, con un blop de tebeo, siempre incompleta. Onomatopeyas funestas. Que llegue la muerte, extienda su mano de hueso y en la siguiente viñeta ponga plaff.

“¿Y qué hiciste?”, me preguntó Dani. “Nada”, contesté. “Seguí como si nada”. “Lo que más me llamó la atención es que el coño, sin embargo, lo tenía completamente rapado”. El pelo de Schrödinger. Las tetas son como una pirámide llena de trampas. La sombra de la higuera. La incomodidad de la tierra. Amar es De la Peña dando un pase de cincuenta metros. Follar es un gol de Claudio Barragán que sólo sirve para maquillar la derrota.

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